Published On: Lun, Mar 9th, 2026

8M, la ciencia también tiene mirada masculina

Por Elsa Campano

Quienes trabajamos en educación sabemos que una parte esencial de nuestra tarea consiste en despertar el pensamiento crítico del alumnado. Con esa idea preparé recientemente una presentación en el instituto: partir de algo que muchas veces damos por hecho —la supuesta neutralidad de la ciencia— para invitar a alumnos y alumnas a cuestionarlo. La propuesta era sencilla: analizar algunos ejemplos históricos y actuales y preguntarnos hasta qué punto el conocimiento científico se ha construido realmente desde una mirada neutral. Muy pronto apareció una conclusión clara: como cualquier otra actividad humana, la ciencia también se desarrolla dentro de un contexto social y cultural, y durante mucho tiempo ha estado atravesada por un evidente sesgo de género.

Uno de los ámbitos donde esto se hace especialmente visible es el del conocimiento sobre el cuerpo femenino y la sexualidad. Mientras que las representaciones del cuerpo masculino han sido abundantes a lo largo de la historia —basta recordar las pintadas con penes que ya aparecían en las paredes de Pompeya y que todavía hoy pueden encontrarse en muchos baños públicos—, el estudio científico del cuerpo femenino fue durante siglos mucho más limitado. No fue hasta 1672 cuando el médico Regnier de Graaf describió el clítoris de manera sistemática. Incluso hasta fechas relativamente recientes, el número de terminaciones nerviosas de este órgano se manejaba como una simple estimación basada en investigaciones realizadas en vacas. Este dato ilustra bien la escasa prioridad que durante mucho tiempo tuvo la investigación sobre la sexualidad femenina.

Las teorías sobre la reproducción también reflejan este contexto. Durante siglos se aceptó la llamada teoría del homúnculo, descartada definitivamente en el siglo XIX. Según esta idea, el hombre introducía en la mujer un pequeño “hombrecito” que ya contenía toda la información necesaria para formar al nuevo individuo. La participación femenina se consideraba pasiva: el cuerpo de la mujer era visto únicamente como el lugar donde ese ser se desarrollaba. Aunque hoy nos resulte una explicación absurda, muestra hasta qué punto las concepciones sociales influyeron en la forma de interpretar los procesos biológicos.

En la ingeniería de seguridad vial apreciamos también ejemplos similares. Los dummies —muñecos utilizados en los ensayos de choque— se diseñaron durante décadas con medidas y peso correspondientes a un hombre medio. Como resultado, muchos sistemas de seguridad de los vehículos se optimizaron para ese modelo corporal. Diversos estudios han señalado que, debido a ello, las mujeres presentan aproximadamente un 17 % más de riesgo de morir en un accidente de tráfico y un 50 % más de probabilidades de sufrir determinadas lesiones graves, como fracturas craneales.

El lenguaje tampoco es ajeno a estas cuestiones. La Real Academia Española, en demasiadas ocasiones ajena a los cambios sociales, sigue recogiendo en su diccionario la expresión “sexo débil” como forma de referirse al conjunto de las mujeres. Aunque pueda parecer un detalle menor, las palabras que utilizamos también transmiten valores y contribuyen a consolidar determinadas visiones del mundo.

Estas dinámicas tienen efectos en la práctica médica cotidiana. Durante décadas, los síntomas de infarto que se difundían como señales de alarma eran los que se presentan con mayor frecuencia en los hombres: dolor intenso en el pecho que se irradia hacia el brazo izquierdo. Sin embargo, en muchas mujeres el cuadro clínico puede manifestarse de manera diferente, con fatiga inusual, dolor de espalda o dificultad para respirar. Al no reconocerse estos signos durante años, numerosas pacientes tardaban más en acudir a urgencias o en recibir un diagnóstico adecuado. Ante síntomas similares, los hombres reciben con mayor frecuencia pruebas diagnósticas, mientras que a las mujeres se les prescribe más a menudo medicación para la ansiedad, según señalan las investigaciones. Este fenómeno, conocido como sesgo de género en la atención sanitaria, muestra cómo los estereotipos pueden influir incluso en contextos que consideramos plenamente científicos.

Algo similar ocurrió con los ensayos clínicos. Hasta épocas recientes los medicamentos se probaban principalmente en varones, lo que dificultaba detectar efectos específicos en el organismo femenino. La historia de la talidomida —un fármaco que provocó graves malformaciones en bebés cuando se administraba a mujeres embarazadas— es uno de los ejemplos más conocidos de las consecuencias que puede tener no considerar adecuadamente estas diferencias.

Por todo ello, abordar estas cuestiones desde la educación resulta fundamental. Una educación feminista busca analizar críticamente las desigualdades que todavía persisten y cuestionar los prejuicios que las sostienen. También implica enseñar al alumnado a mirar el conocimiento científico con una perspectiva reflexiva, entendiendo que puede mejorar cuando incorpora miradas diversas.

En este sentido, el 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres, es mucho más que una fecha simbólica. Es una ocasión para recordar las luchas que han permitido avanzar en derechos, pero también para seguir señalando las desigualdades que aún existen. Llevar estas reflexiones al aula contribuye a formar una ciudadanía más informada, más crítica y más comprometida con la igualdad.

Porque una ciencia verdaderamente rigurosa y completa es aquella que tiene en cuenta a toda la humanidad.

Elsa Campano es Coordinadora de Izquierda Unida de Majadahonda

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